viernes, 15 de junio de 2012

LA INTERZONA



Creo que estoy cambiando. Cambiando para mal. No hay vuelta atrás. Me quedo sentado en la orilla esperando el autobús incorrecto. Todos me han abandonado.  Tendré que ser el primero en dar el salto al otro lado del universo. Ya no queda más que relajarse y dejarse llevar. No he comido en días. Sólo puedo mover mis ojos. Me hundo en el sueño y despierto al rato.  No puedo mover mis pies. Siento que voy a caer y tengo convulsiones. Se me pasa cuando siento una brisca de aire que viene de la ventana abierta que dejé hace un momento mientras fumaba. Ya quedan dudas. Esta aquí. Esperaré un par de minutos y apagaré la luz. Pienso en los errores fatales del pasado y no me importa. Ha llegado el día. La euforia esta cerca. Esa euforia que me dictaba y me gritaba de noche,  y no me dejaba dormir. El lado positivo de la vida eterna. Pero no hay de qué preocuparse. Las cartas están echadas. Como de la manzana y me baño en la laguna de los hipopótamos. Los acompaño. Y disfrutamos de todos los silencios posibles. Prometo que no volveré. Escucharé a Thelonious Monk, toda la mañana y tarde, después de una madrugada de tormenta y elípticos cerebrales. Todos caminan con ojos que usan traje y vestídos corpulentos. Pequeños, de bolsillo. Portátiles como Jacques Rigaut. Estoy sudando por todas partes. Siento que mi piel se deshace. Juro no arrepentirme de nada ni nadie.  Y que no volveré jamás.  No perderé la esperanza, No Del lado norte del año 1999, no!. Siempre pensé en que sería más doloroso, y es agradable. No reflexiono. Por que después de todo, reflexionar es un arte impugne para la ley.  Y  para la real academia del post modernismo, ya pasó de moda.

Vuelvo a la habitación

Según mi reloj ya han pasado 20 minutos más y la solución aún no hace efecto, pero sí tengo frío, por lo que no pierdo el entusiasmo. Ya esta cerca y quiero follar. Intentaré mover la mano para fumar el último cigarrillo lúdico. Qué días aquellos. La plaza, los compadres, el buen licor. ¿Por qué no llega?, Tengo prisa, Me iré aburriendo. No tengo toda la vida para esperar mi muerte.

jueves, 24 de mayo de 2012

LA ZONA



Terminaba de leer la máquina de follar cuando me di cuenta que se me habían acabado las pastillas. Me levanté de la cama, pero la sábana se me había quedado pegada a las piernas.
El día estaba nublado y yo sentía ganas enormes de vomitar. Eso era normal, por lo que decidí dar una vuelta por la cocina y mirar dentro del refrigerador por si había algo para beber. Tomé una botella de leche y caminé al mueble cerca del lavaplatos para tomar la caja de paracetamol. Tomé 4 pastillas las puse en mi boca y tome un gran trago de leche. Di un par de vueltas por la casa, y sentí esa sensación de que ya no me quedaba nada más que hacer. Volví a acostarme y me puse a dormir.

Al despertar todo seguía igual, menos la almohada que estaba mojada por la cantidad de saliva que había dejado salir de la boca. Me di vueltas en la cama como tratando de aplanar el colchón una y otra vez. Pensaba en cómo salir de este lugar sin caerme por las escaleras.  Sabía que no era fácil y tenía que pedirle ayuda a mi cuerpo para que se pusiera en contacto con mis piernas, que mientras tanto, volvían a sufrir calambres tibios bajo las mantas de la cama.

Al saber que la vida no iría a ningún lado, ya que tu cuerpo está postrado en una idea pesimista, atrapada en un lamento psicológico maldito; decidí darme el tiempo de contar una historia. Que en verdad no es una historia, sino un relato absurdo, de esos que comúnmente suelo enseñarles a las personas que no me conocen y tienen tiempo de creer que hay algo interesante al  final de la lectura, pero en conclusión no tiene sentido ni en lo narrativo como en lo significativo, creo.

El relato Se llama:

"LA ZONA" 

El Miéroles 8 de octubre del 2012, fue el día en que claudio se dio cuenta que él ya no sería responsable de las consecuencias producidas por las borracheras de su madre. Por lo que decidió tomar su maleta y salir a caminar por el país.

Recorrió la ciudad
Recorrió el campo
Recorrió la playa
Recorrió la montaña
Finalmente volvió al campo y decidió ubicarse en Vilches alto,  muy cerca de la ciudad de Talca, pero hacia la cordillera. 

Al principio durmió debajo de un puente, que separaba dos rios importantes de esa región, el rió azúl y el rio Blanco, pero aclarar ésto no es de importancia.

Lo que importa es que claudio observó la naturaleza con ojos que jamás había pensado que llevaba consigo. Comió vegetales con una boca que jamás pensó que cargaba. Olió flores con una nariz que no sabía que tenía, y  escuchó el viento, con oídos que nunca había prestado atención.
Todo esto hizo que Claudio se transformara en un enorme trozo de hielo
y ahí se quedó.

Cuando abrió los ojos ya era verano, las golondrinas cantaban por el campo,  las montañas y los volcanes.
Claudio, al observar su cuerpo, se dio cuenta que ya no seguía congelado.
Ya no tenía frío
Por lo que decidió volver.

Al llegar a casa, descubrió que su madre dormía en un sofá tiritando.
abrió las puertas de la despensa y sacó una botella de vino, la descorchó y sirvió dos copas. Las puso sobre la mesa y despertó con un beso a su madre.

Ella lo miró con rabia en lágrima
y le preguntó que dónde había estado todo éste largo año

Claudio la miró con esos ojos Animales y le respondió en un secreto.

domingo, 25 de marzo de 2012

La carta


Siempre quise escribirle una carta a alguien.
Y buscando en mi fantasía, decidí escribírtela a ti. Y más bien no es una carta para contarte o preguntarte sobre alguna novedad, alguna deuda. No. Te escribo para contarte una historia pequeña. Una historia pequeñísima como tus ojitos desorientados cuando te ríes.

Hace algunos años, un hombre de muy avanzada edad, salió de la penitenciaría regional en la ciudad de Talca. Éste hombre no había hablado en años con ninguna persona, es más, desarrolló una tolerancia meticulosa para ignorar los estímulos comunicativos y lingüísticos con todo el resto del mundo.
Al salir del patio principal, tomó el bolso de su vida, que no pesaba más de 4 kilos. El aire estaba limpio, el cielo bailaba con algunas nubes, mientras los olores de libertad caminaban delante de él como una turba eufórica en una feria mercante.
Cuando llegó al primer semáforo, miró para ambos lados de la calle y cruzó. Caminó muchas cuadras con su bolso en la mano. Pasó por varios puestos de comida china, hasta que se decidió y entró en uno. Tomó una mesa en el fondo del primer piso, muy cerca de una pecera grande que funcionaba como separador de ambientes entre la cocina y el salón de los clientes. No había nadie más que él, y ya eran las 4 de la tarde. El hombre esperó a que alguien le tomara el pedido. Pero nadie apareció.
Miró largo rato la pecera y notó que uno de los peces tenía una maravillosa mezcla de colores, brillaba y se paseaba por todo el estanque, como si fuera el rey del lugar, incluso algunos de los peces pequeños lo seguían por donde se moviera, muy cerca de la cola, como si fueran sus madrinas de boda, cargando su vestido, en el día más importante de su vida. El sujeto tomó una servilleta, anotó algo, y salió del lugar.
Aquel hombre estaba perdido, y no perdido como si no supiera donde ir, ni dónde estaba, sino perdido como los restos de una tripulación en un naufragio en el desierto.
Caminó y caminó, sin dirección alguna, después siguió caminando.
Al caer la tarde sobre el cielo, el hombre se dio cuenta que estaba en el fin del mundo. Sacó de su bolsillo el papel en el que había anotado unas líneas, lo puso al frente de su rostro y lo leyó en voz alta. Luego le prendió fuego. Volvió a tomar su bolso y caminó hasta perderse vivo.
A esa misma hora yo estaba tomando once en mi casa, mi madre estaba deprimida por que mi padre la había golpeado. Lo oí todo y yo no dije nada, no hice nada. Quizás nada siempre ha sido mi mejor aliado, mi mejor amigo. Al fin y al cabo todos somos libres de pensar que todo estará mejor cuando estemos en otro lugar.


No sé muy bien si esta del todo claro, me niego a creer que somos una especie apática o automarginada del ecosistema. No. Digo que quizás en lo profundo de nuestras venas, en lo hondo, más allá de nuestro ADN, en los componentes atómicos de nuestro corazón, la poesía se transforma en material genético, aquel que nos hace respirar sin que lo quisiésemos. La verdadera obra de arte, la belleza absoluta.

Como tu y yo en el fondo de una cascada imaginaria.