
Siempre quise escribirle una carta a alguien.
Y buscando en mi fantasía, decidí escribírtela a ti. Y más bien no es una carta para contarte o preguntarte sobre alguna novedad, alguna deuda. No. Te escribo para contarte una historia pequeña. Una historia pequeñísima como tus ojitos desorientados cuando te ríes.
Hace algunos años, un hombre de muy avanzada edad, salió de la penitenciaría regional en la ciudad de Talca. Éste hombre no había hablado en años con ninguna persona, es más, desarrolló una tolerancia meticulosa para ignorar los estímulos comunicativos y lingüísticos con todo el resto del mundo.
Al salir del patio principal, tomó el bolso de su vida, que no pesaba más de 4 kilos. El aire estaba limpio, el cielo bailaba con algunas nubes, mientras los olores de libertad caminaban delante de él como una turba eufórica en una feria mercante.
Cuando llegó al primer semáforo, miró para ambos lados de la calle y cruzó. Caminó muchas cuadras con su bolso en la mano. Pasó por varios puestos de comida china, hasta que se decidió y entró en uno. Tomó una mesa en el fondo del primer piso, muy cerca de una pecera grande que funcionaba como separador de ambientes entre la cocina y el salón de los clientes. No había nadie más que él, y ya eran las 4 de la tarde. El hombre esperó a que alguien le tomara el pedido. Pero nadie apareció.
Miró largo rato la pecera y notó que uno de los peces tenía una maravillosa mezcla de colores, brillaba y se paseaba por todo el estanque, como si fuera el rey del lugar, incluso algunos de los peces pequeños lo seguían por donde se moviera, muy cerca de la cola, como si fueran sus madrinas de boda, cargando su vestido, en el día más importante de su vida. El sujeto tomó una servilleta, anotó algo, y salió del lugar.
Aquel hombre estaba perdido, y no perdido como si no supiera donde ir, ni dónde estaba, sino perdido como los restos de una tripulación en un naufragio en el desierto.
Caminó y caminó, sin dirección alguna, después siguió caminando.
Al caer la tarde sobre el cielo, el hombre se dio cuenta que estaba en el fin del mundo. Sacó de su bolsillo el papel en el que había anotado unas líneas, lo puso al frente de su rostro y lo leyó en voz alta. Luego le prendió fuego. Volvió a tomar su bolso y caminó hasta perderse vivo.
A esa misma hora yo estaba tomando once en mi casa, mi madre estaba deprimida por que mi padre la había golpeado. Lo oí todo y yo no dije nada, no hice nada. Quizás nada siempre ha sido mi mejor aliado, mi mejor amigo. Al fin y al cabo todos somos libres de pensar que todo estará mejor cuando estemos en otro lugar.
No sé muy bien si esta del todo claro, me niego a creer que somos una especie apática o automarginada del ecosistema. No. Digo que quizás en lo profundo de nuestras venas, en lo hondo, más allá de nuestro ADN, en los componentes atómicos de nuestro corazón, la poesía se transforma en material genético, aquel que nos hace respirar sin que lo quisiésemos. La verdadera obra de arte, la belleza absoluta.
Como tu y yo en el fondo de una cascada imaginaria.