
Caminábamos un par de cuadras a la redonda por la isla. Julián, ya no veía nada. sólo la línea del ocaso púrpura que desaparecía en el horizonte. Los demás manteníamos la conversación que no nos dejaba escapar. Sebastián había llegado de California hacía un par de meses, pero esta vez lo acompañaba un sujeto muy alto y pálido que no lo dejaba hablar.
La reunión se generó, cuando vimos en las noticias que la revolución había comenzado en santiago. Nosotros éramos jóvenes, pero no tanto. La generación pingüina se defendía. Los X nos perdíamos en distintos lados de los cerros para emborracharnos y discutir entre nosotros cuestiones políticas, asuntos literarios y artísticos. Discutíamos para saber quién tenía la razón. Quién leía más, quién citaba a más escritores, y la literatura se vaciaba en menos de lo que acabábamos nuestros vasos.
La ciudad nos miraba como calaveras jóvenes, sin pretexto para nada, Tomándonos de la mano para cruzar la calle. Nos reíamos del mundo y él de nosotros. La eterna batalla entre los miserables y los dioses; a la salud de quienes estaban muertos y resucitábamos en palabras.
No teníamos idea que nuestro pasado se forjaría esa tarde. Haciéndonos partícipes de nuestro futuro. De nuestro presente. Algo sucedía en el ambiente que nos llenaba de ideas frescas, sin olvidar que nuestra juventud se partía. Sabíamos que nuestra forma de yacer, era el broche final de la estupidez. Y estábamos dispuestos a saltar al lago. A La laguna en el bosque. A La belleza debajo del agua. Mientras el licor se esfumaba, pero iríamos al encuentro de Ulises Lima, a los textos mojados. Por que el agua con la tinta se fusionan para desaparecer, como Burroughs y Kerouac entre los aullidos desde las cloacas. Y sin duda Hank estaba allí, silencioso en un rincón, pensando en lo idiota que éramos, y en las ganas de reventarnos una botella a cada uno en la cabeza.
Pero no lo perdimos. Y se quedó para siempre, En un viaje Kafkiano al otro lado del mundo. Lleno de insectos borrachos. Enfermos del mal de Montano. Que era de lo que estábamos hablando sin abrir la boca.
Del real Infra filológico.









