lunes, 4 de abril de 2011

La madriguera


La noche estaba escrita hace más de una semana, el problema es que ninguno de nosotros sabía como iba a terminar. Quizás Felipe estaba más alegre de lo común.
La lengua de cada uno estaba retorcida por historias antiguas que nadie quería escuchar, y nos quedamos sentados , mientras el viento nos llevaba en la ruta, cuando el alimento de fotografías que sólo habla cuando alguien muere, compraba ají. Pero nadie murió . Si susurramos nombres. Nos reímos hasta volver a nacer otra vez , sabiendo que nuestros pasos, seguían gritando por un cambio sagrado y valiente.

Seguimos bebiendo de la tarde, que por cierto, nos vomitó encima, con la noche que llegó pasada de copas. Pero Matías seguía ahí, con las zapatillas bordadas de ira ,y blasfemias amistosas, que nos unía en una montaña de gritos y risotadas, que anunciaban las pocas horas que nos quedaban. Aún así, la mentira de Rodríguez mató la luz de esperanza, de bohemia, que seguía encendida, como la broma y la bipolaridad de un ciego perdido, que lleva su bote donde no lo quiere ver y se arrepiente, pensando que la noche se esfuma con las personalidades; es ahí cuando Felipe perdió el control y nos quedamos con su pena, y maldecía nuestras vidas, que reían en lo alto del atardecer de la noche. Todo se esterilizó en las olas de la borrachera , cuando solos, vagabundeamos y trazamos líneas de coherencias con el amor , Y la besé con mi corazón, ardiente y maloliente para dormir.

Todo valió la pena. Todo es así. El lamento no es demasiado tarde, y los amigos siempre serán amigos, aún cuando no tenga sentido, y serán venditos y poco serios y olvidados y quemados y serán lentos y perdonados ; como el final de una afeitada, o la calma del sueño, cuando abrimos los ojos en aquél sofá. Cuando todo cabe en una botella de jägermeister.