
Subía por una colina. El cielo se veía demasiado azul para ser un día martes. Caminaba junto a varios periodistas hacia la cumbre, donde se suponía encontraríamos restos de construcciones precolombinas o algo así. Durante la subida, a lo lejos, divisaba una mujer de pelo largo, una morena hermosa que había visto en algún sueño con anterioridad. Seguimos subiendo, entre ramas secas y troncos huecos que bordeaban el cerro. De pronto, una especie de fuente enterrada en la montaña, hizo que nos reuniéramos todos y que miráramos el interior. Estaba toda trizada, era una reliquia antigua, una bacinica del pasado. Yo sentía que no quería estar ahí, y mi almohada sudaba bajo las sábanas verdes. Volví a mirar el interior de la fuente y tras limpiar las hojas secas que la cubrían, me di cuenta que había una serpiente, verde venenosa, incubando sus huevos, atacando a la multitud por encima de la greda. Todo el mundo enloqueció. Todos gritaban, todos corrían, más de alguno resbaló y rodó por la colina. Pero yo me quedé y la mujer hermosa también. Yo no quería soñar con eso, quería otra cosa, y sabía que estaba durmiendo. Medité unos segundos y me di cuenta que podía controlarlo todo. La serpiente se transformó en una cama antigua, metálica, sobre las ruinas precolombinas. Todos dejaron de gritar, y yo la miré a ella que ya estaba desnuda. Flotó hacia mi y la abracé como un niño a su infancia. La besé y la acosté sobre la cama. Todo el tiempos sabía que era un sueño, y no hice desaparecer a nadie, al contrario, les pedí que miraran, que me miraran, Que nos miraran. Y la amé; la follé como nunca a nadie en mis sueños, de todas las maneras, en todas las posiciones, por todos los lugares donde podía penetrarla con amor. Hoy estaba soñando cuando desperté dormido. Me estaba transformando en un eclipse de sol, donde yo era el universo y ella las hojas de una canción muerta que hace años quería escuchar.